Todo los indicadores financieros señalan que el mundo vive hoy el máximo florecimiento del capitalismo. Nunca los que más tienen han ganado tanto en tan poco tiempo. Nunca los trabajadores y los consumidores han sido tan explotados por el capital. Mientras el mundo se desvive y se desgarra entre conflictos de toda índole, marginación de cientos de millones y una crisis ecológica que amenaza en convertirse en una catástrofe global en unas décadas, los grandes corporativos mundiales viven el jolgorio al alcanzar sus máximas ganancias históricas. En 2006, por ejemplo, los treinta corporativos que componen el llamado Indice Dow Jones obtuvieron un beneficio neto de 252 mil millones de dólares, ¡la mayor ganancia en toda la historia de éste índice desde su fundación en 1896!
Destacan dentro de esta bacanal la corporación Exxon, que alcanzó las mayores utilidades anuales logradas por una compañía estadunidense en toda la historia del capitalismo, y la de las otras siete principales petroleras, todas ellas causantes de la contaminación atmosférica que calienta año con año el clima del planeta. En México, el mismo fenómeno se reproduce con fidelidad: los principales ganadores del “sexenio del cambio” fueron las grandes empresas y los principales corporativos: 10 de los principales barones del país lograron utilidades netas por casi 30 mil millones de dólares en 2005 (los mismos que apoyaron lícita e ilícitamente a Felipe Calderón), convirtiendo al país en uno de los principales paraísos del monopolio: minería, telecomunicaciones, cemento, bancos, papel, industria cervecera y refresquera, radio y televisión, pan industrial y tortillas.
Una de las claves, quizá la principal, de este descomunal proceso de enriquecimiento, ha sido el dominio de la esfera política a manos de las corporaciones, y la consiguiente transformación de los políticos en empresarios y de los empresarios en estadistas. Tres ejemplos notables: Bush, Fox y Berlusconi, que de gerentes y empresarios se convirtieron en los máximos dirigentes de sus respectivos países. Disuelta esta diferencia, desvanecido el límite de la moral política por el mero interés mercantil, todo se hace posible en la “viña del Señor”: Contratos venales, tranzas de mil sabores, violaciones a la ley, canonjías inmorales, apoyos inescrupulosos, fraudes. El resultado de este contubernio, obsceno y cínico, es la llegada de una nueva autocracia que amalgama los intereses de los políticos con los del capital.
Parte del mundo, la ciudad de Morelia reproduce con sus propios matices este patrón que el neoliberalismo disemina por todo el planeta y lo hace ver como una dimensión más de la “normalidad moderna”. En las últimas dos décadas, a pesar de la resistencia ciudadana, la propia inercia histórica de la ciudad y los diques colocados a regañadientes desde el poder político estatal o municipal, el espacio urbano de la capital se ha ido remodelando, hasta expresar de varias formas la simbiosis político-empresarial. Hoy Morelia como ámbito urbano es más reaccionaria, mercantil, clasista y racista que hace dos décadas, cuando la atmósfera provinciana atenuaba u ocultaba las diferencias. El avance de polos comerciales y residenciales como supuestos enclaves de modernidad, se erige como el modelo a imitar, porque reproduce una idea de modernidad, profundamente clasista, introyectada en la mente y la percepción de los políticos sin importar su ideología.
Teniendo este contexto de por medio, puede explicarse la llegada de un nuevo acto de irracionalidad a la ciudad de Morelia: el megatúnel. No voy a entrar a los detalles técnicos y las varias razones por las cuales este proyecto es completamente inviable en lo social y en lo ecológico. Los datos y argumentos que ha ofrecido P. Avila-García en este diario (La Jornada Michoacán 15 y 16 de febrero) son para cualquier ciudadano sensato más que convincentes. Se necesita estar ciego u obnubilado para no percatarse que se trata de un proyecto tramposo y perverso. Lo que me interesa es subrayar cómo esta simbiosis político-empresarial es la que hace viable su aparición, desmitificando de paso la falsa ilusión construida por los apellidos históricos.
El empresario que la ciudad tiene como presidente municipal gobierna para su clase y en su demencia quiere hacernos creer que lo hace por el progreso de toda la ciudadanía. Esto es ya un ataque a la inteligencia de los morelianos y una expresión de la esquizofrenia que padecen los político-empresarios, incapaces de deslindar en sus cabezas su trabajo como custodio y administrador de nuestros impuestos de las de sus voraces intereses mercantiles (y las de sus socios). La ciudadanía debería de tener algún mecanismo legal para enviar al psiquiatra a sus gobernantes, cuando éstos comienzan a mentir y a mentirse una y otra vez de manera obsesiva.
La jugada empresarial detrás del megatúnel es tan obvia que un niño de primaria podría detectarla con la información a la mano. Con el mosaico fotográfico aéreo de esa parte de la ciudad a la vista, se puede comprender cabalmente porque la ruta que debería seguir una vialidad de Santa María con Morelia no es, por innumerables razones, la que plantea el megatúnel. No en balde los académicos de la UNAM y de la Universidad Michoacana se pasaron días enteros analizando y discutiendo para ofrecer de buena fe al gobierno estatal una alternativa social y ambientalmente correcta, propuesta que el propio gobierno estatal hizo suya y que hoy unos meses después, al apoyar con varios millones de pesos el megatúnel, envía olímpicamente al cesto de la basura.
Como sucedió con el mega-puente, el megatúnel intenta ponerle en bandeja de plata a los fraccionadores, sin ética alguna y de voracidad sin límites, una vía de acceso a sus nuevos desarrollos, utilizando nuestro dinero (impuestos) y pasando por encima de leyes, reservas naturales, recomendaciones de científicos, congruencias ideológicas, inconformidades ciudadanas y acuerdos previamente concertados.
Lo más preocupante de esta historia, reproducción local de lo que pasa en buena parte del mundo, es este gatopardismo que disuelve en la práctica y en los hechos las identidades ideológicas de los políticos y que los vuelve incongruentes y frívolos. Podría el presidente municipal de Morelia convertirse, digamos algunas semanas, en el gobernador del estado, y el gobernador convertirse en presidente municipal, y la ciudadanía no notaría diferencias mayores. Izquierda y derecha parecen ya como las dos caras de una misma moneda. En el carnaval de estos tiempos terribles, las máscaras se intercambian como si fueran corcholatas. Los rostros quedan ocultos, las identidades desvanecidas. Los principios y las ideas, la congruencia moral, incluso el peso del pasado, todo es profanado. En Morelia, también el capital “celebra sus orgías”.
vtoledo@oikos.unam.mx
VÍCTOR M. TOLEDO

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